Deja que el culto te coma: invitación a escuchar a Pizzeria Moloch
Hay discos que no solo suenan: te señalan con el dedo. El segundo de Pizzeria Moloch es uno de ellos. Proyecto laredano – santanderino – torrelaveguense formado por Andy, Brendo y Söphee, se mueven entre el post punk, lo industrial y la electrónica, con un pie en Parálisis Permanente y Bauhaus y otro en la pegada marcial de Rammstein. Todo sostenido por una rareza nada menor: una TR 807 marcando las cajas de ritmos, cuadrada, fría, casi militar.
No vienes aquí a escuchar “temitas”. Vienes a entrar en un pequeño culto sonoro que habla de escena, trabajo y relaciones con más mala leche de la que parece.
“Jyhad”: cuando el outsider se convierte en religión
El viaje arranca con “Jyhad”, inspirado en el juego de Rol Vampiro: la mascarada. Suena a conjuro, a ritual de iniciación, a culto lovecraftiano para adolescentes.
Pero el truco está en la segunda capa: el tema también puede funcionar como parodia del fundamentalismo dentro de la propia escena alternativa.
El uso del término “Jyhad/Jihad” me hace pensar en esa actitud “somos outsiders… pero hay que ser raros de la forma correcta”. Códigos, poses, obediencias, discazos sagrados que “hay que venerar”.
Pizzeria Moloch lo envuelve todo en imaginería oscura y, en mi mente surge la pregunta:
¿Cuánta diferencia hay entre una secta y cierta forma de entender la pertenencia a un grupo social, musical y estético? Si alguna vez has sentido que tu microescena se parecía demasiado a una iglesia con chupas de cuero, te vas a reconocer.
“Cambiando”: el traje como forma de suicidio lento
Con “Cambiando” salimos del local de ensayo y entramos en la oficina. El protagonista ya no es el raro orgulloso de ir contra el mundo: es el adulto funcional, traje, corbata, sonrisa correcta. La gente le felicita: ha “madurado”, se ha “colocado bien”. Autodestrucción bien vista. Por fuera: estabilidad, nómina, piso, esa normalidad que se vende como victoria. Por dentro: represión del deseo, frustración creativa, sensación de haberse entregado entero al engranaje.
No es un panfleto, es un espejo incómodo. La base mecánica de la TR 807 subraya la idea: cada golpe de caja suena a ficha que entra en su casilla, a rutina que se impone, a ritmo que no puedes discutir.
“Juegos de guerra”: sexo, poder y sarcasmo
“Juegos de guerra” podría ser un tema pacifista, o un homenaje a la película de Jon Badham, pero Pizzeria Moloch no va a caminar por el camino fácil. Aquí se cruzan tres planos: El lenguaje bélico (estrategia, combate, heridas), la dimensión sexual y BDSM, y un tono jocoso y sarcástico que desmonta solemnidades.
La batalla no es solo geopolítica: es también la de las relaciones donde el poder se negocia, se teatraliza, se erotiza. La canción juega con esa incomodidad: ¿Cuántas veces asumimos la lógica del combate —ganar, someter, rendir— incluso en lo íntimo?
Un tema perfecto para cerrar este pequeño tríptico: del culto a la escena, del trabajo como jaula al cuerpo como campo de batalla.
¿Por qué deberías escuchar este disco?
Porque no se limita a sonar oscuro: usa esa oscuridad para hablar de cosas muy concretas: de cómo lo alternativo puede volverse dogma, de cómo la vida “normal” puede ser un sacrificio lento, de cómo nuestras relaciones se montan muchas veces sobre guerras en miniatura.
Y lo hace con cajas de ritmos que golpean como pasos marciales, capas de síntesis y guitarras que oscilan entre lo gótico y lo industrial, y una ironía que evita que esto se convierta en sermón.
Escúchalo del tirón, sin saltar temas. Primero déjate llevar por tus sensciones; luego, si quieres, con las letras delante. Si al final del recorrido sientes que te has reído y, al mismo tiempo, te han calado dentro, Pizzeria Moloch ha hecho justo lo que venía a hacer.
El culto ya está montado. Solo falta que le des al Play.
Iñaki Lacuna
