Cuando miro atrás y recuerdo nuestros primeros contactos con la música de Leprous como teloneros de Amorphis y presentando Bilateral siento bastante extrañeza. Tengo grabada la imagen de Einar paseando por la Bilborock tras el show, sin despertar demasiada expectación entre el público, y eso que se acababan de marcar un bolazo memorable. El impacto, efectivamente, no fue instantáneo para todo el mundo. Estaban demasiado alejados del lenguaje que conocíamos, como para que el mensaje calase a la primera en los oídos de todo el mundo.
Pero es que han pasado quince años desde entonces, y peldaño a peldaño, han afianzado una retórica incontestable. Se han pasado el juego. El metal se les ha quedado pequeño, y ya casi sólo podemos decir que Leprous gobiernan el ropehielos, abriendo rutas por las que transitan los que van detrás. Mientras llorábamos la muerte de los clásicos, construían y ocupaban su propio trono.
Son una de esas bandas que te pide inmersión. La experiencia de verles en un festival, entre grupos de otros estilos, dista mucho de la experiencia en sala. Siguen dividiendo las opiniones en dos, y en una y otra parte de su mar rojo las posiciones son enfrentadas. Ciertamente hay público que no soporta los agudos de la voz, las secuencias creando ambiente con pasajes que dejan a las guitarras en segundo plano, o los ritmos rotos. Pero a otros nos flipa, y por eso, reunirte de gente que SÍ lo entiende es una especie de comunión colectiva.
En casa todavía somos fans de los Blue Rays; apagar las luces, servir unas copas, trasladarte a Tilburg, llevar la gira de Melodies of Atonement a tu salón, disfrutar de tres horas seguidas y apabullarte al ser consciente de golpe de la cantidad de temas imprescindibles que han sido capaces de colar en tu vida. El concierto no tiene muchos artificios, pero tampoco los necesita.
