A veces, las fechas parecen estar escritas en un guion que va más allá de lo planificado. Aunque los conciertos de Empiric y Mägo de Oz se encuadraban oficialmente en la Fiesta Homenaje a Pedro Velarde, resulta imposible ignorar el peso simbólico de este 1 de mayo. Mientras en el municipio se honraba la figura de un héroe cuya gesta es pilar de la historia de España, el calendario ancestral marcaba la llegada de Beltane, la festividad celta que celebra el renacimiento de la vida y el inicio del verano.
Esta conexión mística cobró vida propia sobre las tablas. Fue el propio Rafa Blas quien, en un momento del espectáculo, rompió la cuarta pared para recordarnos la magia del instante: “Mirad, es luna llena”, anunció al público. Y aunque una densa capa de nubes se esforzaba por ocultar el satélite, sus palabras actuaron como un resorte en mi memoria: todo estaba ocurriendo aquí y ahora.
En una jornada donde el pronóstico amenazaba con empañar la celebración, que el tiempo aguantara se sintió como una concesión de los astros. Fue casi un milagro atmosférico que permitió que la música fluyera sin interrupciones, como si el firmamento hubiera dado su permiso definitivo para que esta gran fiesta comenzara bajo la influencia de la luna de mayo.




Empiric
Al llegar al recinto de la Fiesta Homenaje, las expectativas ya eran altas. Nada más terminar la prueba de sonido, los comentarios entre bambalinas eran unánimes: la banda que abría “sonaba de puta madre”. Se trataba de Empiric, una formación con raíces profundas en Cantabria que ha construido un sonido sólido donde el Hard Rock y el Heavy Metal se encuentran con matices progresivos. Ver caras conocidas sobre el escenario siempre es una garantía, pero la realidad superó cualquier previsión; nos encontramos ante una banda que destila madurez y una energía arrolladora.
Lo que Empiric ofreció sobre las tablas fue una actuación potente, enérgica y de un nivel que, para ser sincera, resultó inesperado para un primer bloque de la noche. Arrancaron con la declaración de intenciones de “Don’t play with fire”, seguida de la contundencia de “There’s more power” y “Don’t stop it”. El sonido fue impecable, permitiendo disfrutar de una ejecución técnica de primer orden en temas como “Karma” y “Step into the unknown”.
Sin embargo, para los que estábamos tras el objetivo, la tarea no fue sencilla. Al desafío de las luces habitual de un grupo de apertura – con exceso de humo y una iluminación trasera muy marcada que dejaba los rostros en penumbra – se sumó la falta de luz frontal. Pero ni el humo ni las sombras pudieron ocultar la fuerza de la banda mientras descargaban “Regresaré” y “Náufrago”.
El vocalista, Juan Pablo, lideró la descarga con una voz potente que llenó cada rincón del recinto, especialmente en cortes como “Come back to life”. A su lado, la pareja de guitarristas demostró una paciencia y una tranquilidad técnica envidiables, manteniendo el pulso del concierto sin fisuras durante “Don’t forget”. En la sección rítmica, Chus dio una auténtica lección de maestría a la batería, sosteniendo el complejo armazón sonoro del grupo, mientras Eduardo al bajo aportaba la imagen más icónica del set: su melena voladora acompañando cada una de las vibraciones que hacían retumbar el suelo de Camargo hasta cerrar con “Mission”.
Uno de los puntos más destacados fue la conexión con los asistentes. El público de Camargo demostró ser extremadamente agradecido, arropando a Empiric desde el primer minuto. Se sintió ese respeto por las bandas de casa y esa gratitud por el espectáculo ofrecido bajo el cielo de mayo. Esa comunión entre el escenario y la gente hizo que, a pesar de las dificultades visuales iniciales, la actuación fuera un éxito rotundo.
Empiric no solo abrió el concierto; reclamó su lugar con una calidad que dejó el listón altísimo. Fue la prueba definitiva de que en la tierruca el metal goza de una salud envidiable.



Mägo de Oz
Hablar de Mägo de Oz es repasar la historia viva del rock en castellano. Desde su fundación a finales de los 80 por Txus di Fellatio, la banda rompió moldes al fusionar la fuerza del heavy metal con la mística de la música celta, convirtiendo el violín y la flauta en protagonistas de una narrativa épica.
Con hitos como Jesús de Chamberí y el éxito internacional de Finisterra, el grupo logró llevar el folk metal a grandes estadios de España y Latinoamérica. Tras más de treinta años de trayectoria, han demostrado una capacidad de reinvención admirable, manteniendo intacto su sello: convertir cada concierto en una celebración de energía compartida.
Esa misma esencia fue la que aterrizó el pasado 1 de mayo en la Fiesta Homenaje Pedro Velarde. Con una formación renovada pero fiel a sus raíces, la banda llegó para demostrar por qué siguen siendo un referente indispensable del género.
Minutos antes del comienzo, el ambiente en Camargo reflejaba la magnitud de la banda que estaba a punto de tomar el escenario. Entre el público se mezclaban conversaciones que servían de repaso histórico: seguidores veteranos recordaban giras de hace décadas, mientras familias con niños y gente mayor aguardaban con la misma expectación. Es en este crisol de edades donde se entiende el calado de Mägo de Oz en la cultura popular; una banda que ha sabido traspasar la barrera del tiempo para convertirse en un fenómeno intergeneracional.
El estallido sonoro llegó con “Malicia”, el corte que dio el pistoletazo de salida a una noche de puro Hard Rock y Folk, seguido inmediatamente por la energía de “Abracadabra”. Desde los primeros compases, la banda dejó claro que su repertorio no solo busca el entretenimiento, sino que mantiene un fuerte compromiso con la realidad. A través de canciones como “Ríos de lágrimas” o la reivindicativa “El que quiera entender que entienda”, Mägo de Oz aborda temas sociales y mundiales, lanzando mensajes necesarios sobre el mundo en el que vivimos. Es digno de respeto que una formación con este nivel de convocatoria siga utilizando su altavoz para dar visibilidad a cuestiones de calado humano y global.

Durante este bloque inicial, que incluyó temas como “Hechizos, pócimas y brujería” y la personal “Mi cuerpo y yo nos dejamos de hablar”, la voz de Xana nos regaló momentos de auténtica magia, aportando una sensibilidad que contrastaba perfectamente con la potencia instrumental del grupo.
Desde el punto de vista escénico, el concierto fue una lección de profesionalidad y pura caña. El escenario, decorado con las ya icónicas lápidas, nos sumergía en esa atmósfera gótica y festiva propia de la banda, sin olvidar el detalle del peluche de Eddy custodiando la batería de Txus di Fellatio. Cada artista conoce su rol a la perfección, pero lo que hace especial un directo de estas características es el espacio para la libertad creativa. Tras el ambiente festivo de “Y ahora voy a salir (Ranxeira)” y la atmósfera de “La noche celta” y “La danza del fuego”, la cámara pudo captar la esencia real de la banda: las miradas cómplices y el humor constante.
En este apartado, Rafa Blas demostró que su potencia vocal arrolladora es solo una parte de su entrega. Lejos de cualquier imagen distante, se volcó por completo en el espectáculo interactuando constantemente con sus compañeros. Uno de los momentos más especiales ocurrió cuando su micrófono dejó de funcionar; lejos de detenerse, Rafa sonrió y siguió cantando con el micro apagado mientras el público, entregadísimo, coreaba cada palabra. Esa complicidad permitió que la energía no decayera ni un segundo hasta que le entregaron un nuevo micrófono, demostrando su profesionalidad y la conexión total con la audiencia. Fernando Mainer protagonizó otro de los momentos más auténticos de la noche. Con una técnica impecable y una concentración absoluta, demostró ser puro dinamismo y alegría sobre las tablas. Se dejó llevar totalmente por la energía del directo, interactuando constantemente y fundiéndose en bailes con sus compañeros, lo que dejó clara esa complicidad absoluta que define la esencia actual de la banda. Por su parte, Francesco Antonelli ofreció una auténtica exhibición desde los teclados. Su maestría técnica quedó patente en cada arreglo, manejando con una precisión impecable las atmósferas y los pasajes más complejos del repertorio. Esa destreza musical estuvo acompañada en todo momento por una sonrisa carismática que buscaba constantemente el objetivo de mi cámara, creando una conexión directa y muy visual con el público.

Uno de los momentos más distendidos de la noche llegó con las intervenciones de Víctor de Andrés. El guitarrista hizo gala de su carisma habitual compartiendo historias sobre su pasado en tierras cántabras y su deseo de volver a disfrutarlas, arrancando las carcajadas de los asistentes. Las bromas se extendieron hacia Txus y los orígenes del grupo, con intercambios de palabras tan directos que el batería, en un arranque de humor, llegó a lanzarle sus baquetas. Tras ser recogidas por el equipo de personal, Víctor reclamó una para lanzarla al público, haciendo las delicias de los asistentes como un niño pequeño.
Tras la charla, la música retomó el protagonismo con “La ruta de los sordos”, seguida de un bloque donde la técnica individual brilló con luz propia. Es necesario rendir honor a los tres guitarristas; cada solo, ejecutado sobre la tarima, fue una exhibición de maestría y velocidad. Mención especial merece el solo de Jorge Salán, cuyo virtuosismo fue uno de los puntos álgidos de la noche, demostrando por qué es considerado uno de los mejores guitarristas del panorama internacional.

La sección de vientos y cuerda no se quedó atrás. La veteranía y maestría de Mohamed al violín, junto a la destreza de Diego Palacio con la flauta y la gaita, mantuvieron esa identidad que hace único el sonido de la banda antes de encarar la recta final con la coreada “La costa del silencio”.
El cierre fue una sucesión de himnos que forman parte del cancionero popular. Tras un breve descanso, la banda regresó para unos bises que pusieron Camargo en pie: “El vals de las almas rotas”, la imprescindible “Molinos de viento” y, como colofón final, Mohamed nos invitó a todos a participar en la “Fiesta Pagana”. Fue el cierre perfecto para una noche donde la música, la historia y la alegría de volver a los escenarios se fusionaron en un solo rugido.

La noche en Camargo fue, por encima de todo, una celebración de la vida y la música en mayúsculas. Lo que se vivió en la Fiesta Homenaje fue un chute de adrenalina pura, donde la fuerza de Empiric y el magnetismo de Mägo de Oz crearon una atmósfera eléctrica que hizo vibrar cada rincón del recinto.
Fue emocionante ver cómo la pasión de las bandas se fundía con la entrega de un público que disfrutó cada segundo. Nos fuimos a casa con la energía renovada y la sonrisa puesta, sabiendo que noches como esta son las que mantienen viva la llama del rock. Una velada mágica que nos deja con ganas de mucho más y que demuestra que, cuando hay ganas de fiesta y buena música, no hay nubes que puedan apagar el brillo del escenario. ¡Larga vida al rock y a estas noches inolvidables!

Elena Kardash
