Es la primera vez que entro en esta sala y la verdad es que me ha sorprendido. Aunque está metida en un polígono, tiene una buena terraza para los que les gusta echar humo y, una vez dentro, es muy ancha y espaciosa. La decoración es la típica de grandes fotos y alguna moto. El escenario, eso sí, me parece un poco pequeño con respecto a otras salas de menor tamaño, sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de una sala de capacidad media.
Lo que no me llamó nada la atención fue el puesto de merchan, que aquello parecía otro concierto: había diez veces más gente en el puesto de camisetas que en la barra. Se nota que a más de uno le ha pasado como a mí alguna vez, que después de un concierto vas a echar mano de una camiseta y resulta que ya no queda ni una de la talla que querías.
Pero vamos al lío.
A los habituales de Noche de Rock no os voy a descubrir nada, pero a mí me sorprendió, aparte de la gran asistencia, ver entre el público a un chaval que todavía no puede beber cerveza y que se había currado un cosplay con el atuendo de la anterior época de la banda. Me hizo especial ilusión verlo allí.

Y precisamente el vestuario es una de las cosas que más me llamó la atención.
Para mí, el cambio de indumentaria le ha quitado bastante misticismo al show. Ojo, no quiero decir que le reste puntos a la puesta en escena, porque no es eso. Simplemente ya no es lo que era. Y aquí no sé si voy a explicarme bien, pero tengo la sensación de que, después del parón, el cambio de vestuario y todo lo que lo acompaña, El Altar está afrontando una especie de transformación.

Como si poco a poco estuvieran despojándose de la parte más religiosa de su propuesta, aunque manteniendo ese halo de misterio que les da el seguir apareciendo enmascarados.
Y no es solamente la ropa. Todo el atrezzo que acompañaba anteriormente a la ceremonia ha desaparecido. Ya no está la soga envolviendo el bombo, ni aquel cartel en el que se nos encomendaba guardar silencio durante la homilía. Ahora la puesta en escena va por otro lado, con imágenes de aves migratorias y sonidos de naturaleza que aparecen en los samples entre tema y tema.

Con todo esto, no voy a profundizar demasiado en lo que fue el concierto en sí, porque creo que aquí entra mucho la parte personal y cada uno puede vivir o interpretar lo que sucede allí de una manera completamente diferente.

Lo que sí puedo decir es que, después de una «corta intro», salieron a darlo todo. Mucho más de lo que recordaba de las otras veces que los había visto, donde la sensación era bastante más ceremonial. Y en esa misma línea de romper un poco con lo que yo había visto anteriormente, también me llamó especialmente la atención que por primera vez les escuché hablar.
Bueno, hablar, hablar… tampoco vamos a exagerar. El batería soltó un «¡Valencia!» y el bajista dejó caer un par de palabras más. Pero para alguien que los ha visto anteriormente y nunca les había escuchado decir absolutamente nada, aquello ya era casi una conversación.
Y si hay un momento que me llevo de la noche es precisamente el silencio. Ese momento en el que todo se para y el público guarda un respeto absoluto. Ahí sí que se entiende perfectamente por qué El Altar del Holocausto ha conseguido crear algo que va bastante más allá de un simple concierto.

Entre todo el repertorio hubo un tema que me gustó especialmente: Shídài. Tiene muchísima fuerza y además sirve para cambiar un poco el tono que lleva el resto de la ceremonia.
Al final, supongo que El Altar está en ese punto en el que toca decidir qué quiere conservar y qué quiere dejar atrás. El misterio sigue ahí y la música sigue siendo la música, pero la liturgia ha cambiado. Y quizá sea precisamente eso lo interesante: que después de tantos años todavía puedan hacer que salgamos de una sala preguntándonos qué coño acabamos de ver.
Texto: AnHellDePolop
Fotos: BYC y AnHellDePolop
Sala Rock City, Valencia. 19/09/26




