Este evento lo tenía marcado en la agenda desde que se había anunciado mucho tiempo atrás. Los planes para venir hasta Bilbao ya los llevaba perfilando unos cuantos meses, y las entradas compradas hace por lo menos cuatro. O sea que sí, este concierto me apetecía bastante. Muy a pesar de ello, la primera banda que tocaba, no los conocía y he de confesar que no hice el esfuerzo de escucharlo ni informarme previamente. Al final ha tenido cierta contrapartida positiva, y es que ha sido una sorpresa brutal. Encontrarme con esta propuesta de black metal, de hecho, la primera vez que veo black metal noruego auténtico, me ha dejado atónito. Sí que es verdad que es un género que no consumo, no controlo. Y por eso creo que este concierto de Witch Club Satan me ha ayudado a entender un poco mejor de qué va esta movida.
Lo primero que vemos aparecer en escenario son tres chicas portando una especie de canutos que echaban humo para purificar el ambiente en plan ritualístico. Lo que me recordó, lógicamente, al concierto que vi de Heilung en Villena. Yo pensaba, inocente de mí, que estas muchachas volverían a salir del escenario y luego saldrían pues los típicos melenudos fornidos con sus guitarras para dar el concierto. ¿Cuál fue mi sorpresa cuando cogieron las guitarras, se pusieron a la batería y empezaron a dar el concierto? Empezaron a darlo directamente con temas con voces rasgadas en el que colaboraban las tres, tanto la bajista como la guitarra como la batería. Sus gritos agónicos de dolor en una mezcla con los riffs desenfrenados y los ritmos de ultratumba eran capaces de helar el alma a cualquiera que lo estuviese viendo. De hecho, fue muy interesante observar la reacción del resto de asistentes al concierto, porque yo creo que el caso que me había ocurrido a mí de no tener ni idea de lo que era aquello que íbamos a ver, le estaba pasando a mucha más gente.
Y la consiguiente sorpresa y estupefacción, de hecho, se plasmaba muy bien en los momentos en los que en cualquier grupo más famoso se hubiese jaleado y vitoreado, o en los momentos más de pausa o incluso los finales de las canciones, se hubiesen aplaudido más, pero yo creo que es que la gente estaba tan descolocada por lo que estaba viendo, que no sabía ni cómo reaccionar.
Esta primera parte del concierto, por lo que entendí, simbolizaba que las chicas representaban como que fuesen unas víctimas de una cacería de brujas o similar, porque pasadas una o dos canciones, empezó a recitar la guitarrista un texto. Y luego cantaron las tres una canción bastante melodiosa y bonita que desembocó en esta dramatización de que habían sido sentenciadas a muerte por algún tipo de cuestión religiosa y cómo se enfrentaban a ella. O eso quise entender yo desde mi posición en el público. Esta primera parte estaban ataviadas de blanco con gorros que parecían tejidos en punto de cruz bastante curiosos, que simulaban cuernos de extrañas formas.
Para la segunda parte del concierto volvieron a salir, pero esta vez sin ropa, más allá de ropa interior de color “carne” para ocultar únicamente las partes más pudientes de su anatomía. Para simular que fuesen seres de una naturaleza distinta y llevaban en esta segunda parte unas pelucas de pelo larguísimo y encrespado que las hacía parecer pues una especie de ojáncanos temibles y apesadumbrados. Siguieron el concierto de esta guisa, en lo que entiendo que era como una representación de que una vez muertas estas muchachas habían, de algún modo, llegado a la esencia de lo que sea que haya que llegar a esenciarse una vez muerto, y nos transmitían ese mensaje desde esa parte de la vida/no vida. Y ese mensaje era bastante bestia.

Me gustó mucho el concierto, por lo que he comentado que me ha servido para entender mejor el porqué de estos grupos, de esta música black, que las pocas veces que había visto era pues con mucho humo, luces muy tenues y simplemente maromos con el corpse paint y poco más. Por eso esta propuesta, así de elaborada en lo visual, me llamó mucho la atención. Habrá que seguirle la pista a esta banda. E indagar más en lo que van haciendo.
Tras la pausa facultativa para los cambios de enseres entre agrupaciones, que sirvió al tiempo para devolver a los asistentes a lo terrenal y sacudirse esa sensación intermedia entre perplejidad y estremecimiento que se pergeñaba en el ambiente tras la representación de un aquelarre tan teatral como musical de las noruegas, llegaba el turno de Alien Weaponry. Tan pronto como se apagaron las luces del foso y se encendieron las del escenario, el sonido crudo, añejo, perturbador y con clara inclinación al lo-fi de Satan Witch Club desapareció, devolviéndonos de un plumazo al siglo XXI bajo un sonido compacto, moderno y digitalizado. En definitiva, más nítido.
Mi acercamiento a la banda “kiwi” (ahora soy David y no Mateo) había quedado prácticamente relegada a un par de escuchas del “Tangaroa”, su segundo largo de estudio, del que podéis escuchar un breve análisis de un servidor aquí. Como podéis comprobar, aunque me llamó la atención su contexto y exposición de la cultura popular y primigenia maorí, no ha sido un disco al que haya regresado porque, a pesar de adentrarse en ámbitos más progresivos y entremezclar con finura el metal con instrumentación y melodías tradicionales, me resultó una pieza bastante monótona en cuánto a los registros más puramente rockeros y las estructuras de composición. Misma razón por la que no ahondé un su corta discografía, de la cual mis compañeros de travesía me hablaron positivamente de su ópera prima, Tū.
Fue, de hecho, el disco que más rememoraron en su breve actuación, de apenas media hora, que dejó cierto poso de malestar por lo efímero entre los presentes. Y en cierto sentido, no es de extrañar. Tras deleitarnos con una haka antes de tomar sus instrumentos, los hermanos De Jong entraron al escenario como una auténtica apisonadora, haciendo valer el fulgor de su juventud mostrándose enérgicos, precisos y, por supuesto, muy potentes. No puede ser de otra manera con el registro que sostiene su música, impregnada absolutamente de los Sepultura más groovy, pero claramente aderezada por el nu metal norteamericano. A pesar de haber nacido en ese milenio, los ’90 corren claramente por sus venas.

El atronador inicio, en el que se entrelazaban canciones más machaconas y pesadas con otras más veloces y revitalizantes, como Mau Moko, consiguieron sacudir la incredulidad inicial de los asistentes y activar los cuerpos asustadizos y aturdidos que permanecían inmóviles desde la primera representación. Espoleados por el trío, los primeros moshes y circle pits fueron haciendo acto de presencia en la parte central del foso, al tiempo que los menos avezados empezaban a castigar sus cuellos y mostrar sus cuernos al final de cada corte. El sonido frente al escenario, pocos metros por delante de los técnicos, ayudaba a estas reacciones, dejando entrever los matices tanto a guitarra como de bajo al cierre de cada compás. El carisma sobre la tarima de su baterista, hacía lo propio.
Sin embargo, la euforia fue desvaneciéndose, al menos para un servidor. Demasiada apología a la santísima trinidad del concierto de metal, incluyendo por supuesto la invitación al wall of death (muy prematuro además, indicio de que la actuación no se iba a alargar mucho y que no comprendí en directo). Una cuestión personal, sí, pero que indefectiblemente rompe el ritmo, y que resulta aun menos necesaria en una actuación tan breve. Breve… y aun así algo repetitiva. Si de algo pecan los neozelandeses, es de resultar demasiado monocromáticos. Estructuras y patrones similares que dejan el poso de haber escuchado la misma canción repetida, y que por mi parte me sacan un poquito de la actuación. Pero más aun me distancia más el hecho de enlatar las voces. Puedo comprender que la banda ha cruzado medio mundo, que los costes son altos, y que si hay un cuatro alien (o un ex miembro) que pone soporte en los cánticos maoríes que aderezan las canciones, éstos se tengan que disparar. Incluso sostengo lo mismo de cara a los instrumentos tradicionales que decoran su sonido, Pero, ¿llegar a hacerlo con una estrofa normal? ¿Ni siquiera disimular el playback? Personalmente, prefiero un esfuerzo honesto aunque no se ajuste a lo grabado ni llegue a las mismas cotas, que este tipo de artimañas que hacen pensar qué es real de todo lo que hemos visto.
Como veis, un desempeño con luces y sombras que transformaron el impacto inicial y la emoción intermedia en cierta vacuidad a la expectativa del colofón final. De aquí en adelante, se abre un momento esencial para Alien Weaponry tras su tercer álbum, el que marca trayectorias. Se van acercando a su mejor momento, en el que se aúna la energía de la edad, las tablas sobre el escenario con el asentamiento de conocimientos tanto técnicos, interpretativos como compositivos. En sus manos está ser capaces de evolucionar, sorprender y llevar a los escenarios la singularidad que les define por mensaje, hibridación sonora…
… Y por qué no añadirlo, cierto punto teatral. Si tenemos en cuanto lo que hemos comentando de ambos conciertos, uno puede pensar: ¿qué coño hacen compartiendo gira con una banda que añade un registro nuevo como Avatar? Pues quizá sea, o es lo que he llegado a concluir tras comentar con la cuadrilla lo vivido el pasado sábado, su aspecto teatral a la hora de actuar. O tal y como le escribí a Miguel:
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De hecho, en lo que más se parecen todas ellas (Alien Weaponry con un enfoque quizá más cultural que artístico), es en aunar el metal con otros ámbitos para crear un todo más grande que la propia musica.
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Sobre el escenario, la figura de Johannes Eckerström sobresale como la luna en una noche estrellada. Su posición como frontman y vocalista ayuda, evidentemente su elevada estatura es un punto a favor de cara a destacar frente a sus compañeros de plantel, pero nada de este serviría de nada si actuase como un ente estático. Y el uso que hago del término “actuar” no es baladí, ni casual. Sin duda, sobre las tablas representa un personaje que hace uso de la pintura facial blanquinegra tan propia del metal… pero que en su caso es más fácilmente identificable con la actuación de un mimo. En sus interacciones con el público juega con la ambigüedad sexual, se muestra como un hombre casi perturbado con una gesticulación exagerada, por momentos grotesca, que resalta aún más bajo su maquillaje. En definitiva, hace las veces de director circense, que doma canciones en lugar de leones, da la alternativa a músicos y no a acróbatas, y se postula como eje central de la representación de una fantasía destinada a entretener.
Tanto es así, que en la conversación que dio lugar a animarme con estas líneas, se abrió un poco la duda sobre cual había sido el acercamiento de este vocalista al metal. Si era una llegada natural basada en los gustos musicales desarrollados a lo largo de la infancia y la adolescencia, o si había encontrado este banda y este medio para poder espolear sus inquietudes no solo musicales, sino también actorales. Si leemos una cita a su nombre de la Wikipedia, leemos que su llegada al rock es natural y que su voluntad dramática llegó de forma más accidental. No obstante, es una puesta en escena tan marcada, tan buscada y tan bien personificada en su extravagante personaje a medio camino entre el mimo y el payaso, que uno llega a durar si fue antes el huevo o la gallina. En cualquier caso:
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Al final el orden de los factores no altera el producto, que es cojonudo y divertidísimo. Y además, aunando cierto crossover artístico.
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Pero tras esta digresión, hemos de volver al punto en el que nos habíamos quedado, que no es otro que el entretenimiento. Y es que todo lo que rodea a Avatar está pensado y diseñado para divertir al espectador, no dejarle un solo minuto de respiro y actuar como un antídoto inmediato contra la monotonía. El ritmo es frenético, la sucesión de temas es implacable y éstos suponen un sopapo tras otro de incontinencia creativa. El inicio del show fue una descarga masiva para meterse al público en el bolsillo, alternando entra canciones más lentas que daban rienda suelta a su cara más épica y cercana al heavy metal tradicional remozado de modernidad, con otras trepidantes y con una marcado carácter progresivo en las que no arriaban ningún ancla que les mantuviese atados a patrones preestablecidos. Aceleraban, frenaban; estiraban compases, los achicaban… todo ello con fluidez y sin que en ningún caso la sorprendente evolución del tema resultase demasiado disruptiva o diese la sensación, simplemente, de que encajaba mal. Es en este tipo de canciones, como Silence in the Age of the Apes, donde se demuestra que además de espectacularidad y originalidad, los suecos cuentan también con una gran calidad interpretativa, y dos guitarristas de un nivel estupendo que son capaces de rotar en sus funciones de solista y rítmico con naturalidad y sin que se note diferencia en el desempeño.

Fue en la ecuador del bolo cuando la banda decidió dar un punto de pausa, y añadir al mero repertorio musical un plus. Un plus que sitúa a su actuación, como dije, a algo que trasciende más allá de la música. Quizá el primer detalle de esto fue Death and Glitz, en el rock se estira de tal manera que, cuando me quise dar cuenta, estaba moviendo arrítmicamente mis solidificadas caderas como si una canción disco se tratase. Sin demasiado respiro y tras un brevísimo impás, la crew montó un pequeño set de batería en líneas con los pies de micro, para interpretar Colossus de pie y en paralelo como si de una boy band noventera se tratase. Con esa misma rapidez se desplazó un piano al centro del escenario poco después para interpretar Howling at the Waves. Aquí Eckerström se desembarazó de su álter ego por primera vez para agradecer al público su presencia, llegándose a emocionar mientras dejaba entrever que el hecho de llenar salas de este calibre fuera de su país natal hasta hace no mucho era una auténtica utopía.
Un emocionante medio tiempo que dio lugar al clásico parón previo a los bises, que habían dejado pendientes dos de los temas más esperados como Legend of the King, con su guitarrista Jonas Jarlsby representado como el rey sentado en un trono incorporado en el centro del escenario; y Tonight we Must Be Warriors como colofón final de un concierto y una banda que cuenta con un sonido fresco y original, con unos intérpretes de sobrada calidad pero, sobre todo, con una virtud que a veces se olvida y que puede ser el factor clave cualquier espectáculo exitoso: divertir, y mucho. Tanto es así, que mi compañero Miguel me decía al día siguiente que seguía impactado con el evento (como yo), lo que me llevó a especular sobre el futuro de la banda, resolviendo mi punto de vista sobre dos aspectos:
- Que la banda está dando pasos paulatinos para auparse al estrellato visto desde el punto de vista convencional (de alcanzar cotas más altas en función de lo alto que se encuentre en la cartelería y de los réditos económicos asociados), y que puede llegar a conseguirlo,
- Y como, a día de hoy, para que una banda relativamente joven pueda triunfar DE VERDAD (y cuando digo relativamente, es porque prácticamente me refiero a agrupaciones creadas a partir del 2000), no le basta con tener grandes canciones, sino que tiene que ofrecer algo relativamente novedoso y tener una personalidad única que les difiera de los demás.
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Son muy buenos. Y bien es cierto que ayer estaba la euforia del directo (y las 🍻), pero sigo pensando que tienen la personalidad suficiente como para medrar a lo alto de carteles como hiciera Gojira. Paso a paso además, gira a gira, con el bocaoreja. Que quizá sea lo que más le distinga de otras (como Bring me the Horizon o Avenged Sevenfold, por ejemplo) a la hora de llegar a lo más alto. Bandas que llegaron con NWOAHM un poco de primeras y se asentaron, no cómo éstas que están subiendo paso a paso en base a un directo tremendo y una música e interpretación diferencial.
No obstante, sigo pensando que a la hora de llegar a esas cotas, tienes que ofrecer algo fresco y relativamente innovador. Fíjate lo que es Testament, por ejemplo… Y aun así tienen un techo de cristal que, por ejemplo, las mencionadas o Ghost han derribado. Para mí quizá una excepción es Sabaton. Que es muy identificable, pero realmente no hacen nada que no se viera antes.
A mí se me asocia todo esto también con lo que vimos el otro día (Nota: el mismo comando acudimos a la misma sala a ver a Jinjer, Textures y Unprocessed unas semanas antes). Textures es una banda genial, genial, mucho más de mi gusto que Jinjer, además. Pero no dejan de hacer un metal progresivo para el cual hay techo de cristal y tótems inamovibles por encima. Jinjer encabezaba, y está por encima en cualquier cartel. En base a hacer metalcore, sí, pero con unos matices interpretativos propios de estudiosos y con desarrollos más propios del jazz que del rock (que Tati sea un portento y esté de buen ver también ayuda😅, pero no deja de ser un pequeño matiz de la banda respecto a otras).
Estoy pensando... ¿y si añado tres estrofillas y se lo mando a Óskar?
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Aquí lo tenéis. Y vosotros, ¿qué pensáis?
Mateo D. Merino / David Bárcena
