Herbert Reed nació en 1928 en Kansas City (Misuri). Su infancia transcurrió en un entorno humilde, marcado por las desigualdades raciales de Estados Unidos. Muchos afroamericanos de su generación se trasladaron durante la llamada Gran Migración, huyendo de las condiciones de semiesclavitud, marginación y violencia, un fenómeno social de enormes consecuencias culturales. Sin aquella diáspora, la historia del rock, el jazz, el soul —en definitiva, de la música popular del siglo XX— no habría sido remotamente la misma.
Reed, se mudó a California a los 15 años con tres dólares en el bolsillo y trabajando como lavacoches, en busca de nuevas oportunidades. Ya instalado en Los Ángeles, Reed comenzó a cantar en coros de iglesia y se interesó por la armonía vocal, lo que más tarde se conocería doo-wop (en España Duduá), un estilo que fusionaba el rhythm and blues con el góspel. Surgido en las comunidades afroamericanas de los años 40, el doo-wop alcanzaría su auge en las décadas siguientes gracias a su carácter accesible y económico: Se podía llevar a cabo incluso sin instrumentos, solo con voces bien ensambladas.
En 1952, Reed reunió a varios cantantes locales —Alex Hodge, Cornell Gunter y Joe Jefferson— para formar The Platters, nombre inspirado en el argot de la época para referirse a los discos (“platters”, o “platos”). Grabaron algunos sencillos para Federal Records, pero el éxito no llegó. Durante un par de años, el grupo sobrevivió actuando en clubes pequeños de Los Ángeles mientras Reed buscaba un representante que creyera en ellos.
El punto de inflexión llegó en 1953-1954, cuando apareció Buck Ram, compositor, arreglista y mánager con experiencia en el circuito de R&B y pop vocal. Ram ya representaba a The Penguins, que acababan de triunfar con “Earth Angel” (La canción que bailan George y Lorraine en Regreso al Futuro), y vio en The Platters una materia prima prometedora, especialmente en la voz grave y la disciplina de Herb Reed. “Herb era el único que sabía lo que quería. Sin él, The Platters no hubieran existido”.
Ram aceptó representarlos, pero reconfiguró el grupo para adaptarlo a su visión: un conjunto vocal sofisticado, capaz de interpretar no solo rhythm and blues, sino también baladas con arreglos orquestales pensadas para el público blanco. Mantuvo a Reed como único miembro original y fue progresivamente sustituyendo miembros hasta obtener la formación perfecta con Tony Williams como voz principal, Zola Taylor, Paul Robi y David Lynch. Esa sería la formación clásica, responsable de los grandes éxitos publicados por Mercury Records entre 1955 y 1959.
El grupo no tardó en alcanzar fama internacional con temas como “Only You (And You Alone)” y “The Great Pretender”. En 1956, su aparición en la película Rock Around the Clock los consolidó e irrumpieron con fuerza en el nuevo mercado del rock and roll. En la película se observa la paradoja de ver a músicos negros actuando para una audiencia blanca. El país estaba profundamente segregado, pero el Rock and Roll iba a colarse entre las grietas de ese sistema en declive.
The Platters triunfaron en los mismos escenarios donde muchos hoteles todavía no aceptaban huéspedes afroamericanos. Los elegantes trajes del conjunto, ayudaron a trasmitir una imagen sofisticada que se alejaba del cliché y los estereotipos de la época.
Entre 1955 y 1959, la etapa recogida en The Mercury Singles, The Platters se consolidaron como el grupo vocal más exitoso del mundo. Sus grabaciones para Mercury Records marcaron la transición entre el doo-wop y el pop sofisticado, con una producción que elevó las armonías vocales afroamericanas a un nivel de refinamiento desconocido hasta entonces. Aunque, como es habitual en la época, su carrera se conformó con singles, existen recopilatorios como este que nos ocupa, que nos permiten conocer de un vistazo sus temas más representativos.
El disco captura esa evolución: desde el eco aún crudo y rítmico de sus primeros sencillos hasta la perfección casi orquestal de sus grandes baladas. Buck Ram, además de ejercer de mánager, fue el verdadero arquitecto sonoro del grupo. Bajo su dirección, The Platters adoptaron arreglos de cuerdas y refinaron su sonido con coros suaves y una dicción impecable, pensada para entrar en las emisoras blancas sin renunciar a la emoción negra del gospel.
La voz de Tony Williams, cálida y llena de melancolía, se convirtió en el centro emocional del conjunto, mientras que Herb Reed, con su bajo firme y su impecable sentido del tempo, mantenía el equilibrio armónico que hacía posible el sonido Platters. Temas como “Only You (And You Alone)”, “The Great Pretender”, “My Prayer” o “Twilight Time” no solo son himnos románticos: representan el momento exacto en que la música negra dejó de ser marginal y pasó a definir la sensibilidad popular de toda una década.
En 1959, los cuatro miembros masculinos fueron arrestados en Cincinnati por posesión de drogas y prostitución, un escándalo que dañó su reputación y marcó el principio del fin de la etapa clásica del grupo. Ramificándose luego en distintas formaciones e interminables batallas legales por el uso del nombre.
Oras bandas como The Drifters o The Coasters absorbieron la influencia de The Platters y continuaron su legado, que trascendió enseguida también a agrupaciones blancas como The Crew Cuts, The Diamonds o más tarde The Tokens y su archiconocido The Lion Sleep Tonight. El rastro de The Platters se puede seguir durante toda la historia de la música popular; Motown, Nat King Cole, Marvin Gaye, Roy Orbison, The Righteous Brothers, Elvis… El Do-Wop fue fundamental en el acercamiento de la polifonía de los coros de iglesia a la música popular, en ese aspecto se puede afirmar que The Platters son clave para entender a grupos como The Beatles, The Pet Shop Boys o Queen. Tirando de ese hilo podemos llegar a preguntarnos cuánto de Do-Wop hay en el uso de las armonías vocales del hardcore melódico de sellos como Epitaph o Fat Wreck Chords.
Aun más allá, The Platters son uno de los grupos afroamericanos que abrieron la puerta de la Race Music, para sonidos blancos y negros comenzasen a convivir en las ondas, derribando la absurda barrera que separaba las canciones según el todo de la piel de quién las interpretaba.
