Voy a reafirmarme en lo que hace unas semanas escribía sobre el último disco de Amorphis; que una banda, con casi cuarenta años de carrera, te haga sentir en casa tras el primer medio minuto de la primera canción de su decimoséptimo álbum es, en si mismo, algo impagable.
Se han tomado cinco años desde Obsidian, tiempo que utilizaron para dar un lavado de cara a Icon con una regrabación completa. Aunque sabemos que la bajada global en las cifras de ventas no ayuda a que los grupos se den tanta prisa en publicar, también, en la otra mano, es posible que esté ayudando a que la selección sea más exhaustiva y no tengan que publicar cualquier cosa para tener una excusa con la que girar. De cualquier forma, no es su caso. Aunque tuvieron algunos titubeos y experimentos fallidos a inicios de siglo, llevan ocho álbumes consecutivos sin mácula.
¿Cuál es el secreto? Probablemente una formación inmutable (a excepción de los baterías) durante todo este tiempo, y la solvencia de haber creado un estilo y mantenerse fiel a si mismo. Saber haber conjugado el rock gótico, el doom y el death metal en una mezcla única que han convertido en su marca personal. De todo ello hay en Ascension, en su justa medida. Guturales profundos, voces melódicas, arpegios melancólicos, arropo de cuerdas… el especiero clásico de la cocina de los de Halifax, vamos.
Insisto en esto últimamente, pero es que no hace falta reinventarse todo el rato. Cuando uno tiene una receta perfecta, puede cocinarla una y otra vez, sin necesidad de andar innovando por el qué dirán. Así, lo peor que se puede decir de Ascension es que puede sonar autorreferencial y lo mejor, que han encontrado un equilibrio tan fino entre todos los elementos que componen su música que sólo tienen ya en esta etapa, que ofrecer tema tras tema, esperando que algunos puedan abrirse hueco en el repertorio entre tantos clásicos inevitables.
Hay candidatas. No es decir poco.
