Le entré a Kreator como a mediados de los noventa, por insistencia de mi primer compañero en Noche de Rock, Pablo Casado. De aquella, mi pandilla ya llevaba algunos pocos años en Metallica, Megadeth y Anthrax, y poco a poco íbamos investigando el resto del Thrash; Testament, Exodus, Sodom… nos comenzaban a sonar más familiares. La perspectiva del tiempo y rememorar el tiempo entre mis dieciséis y mis veinte años siempre me resulta curioso. En 1995 se cumplían diez años del debut discográfico con Endless Pain, diez años, que ahora rara vez sirven para que empecemos a ubicar un nombre en el mapa, y que por aquel entonces ya forjaban titanes incuestionables: El Big Four del Thrash Metal Alemán, nada menos. Siete discos a las espaldas e incluso el tiempo de saberse consolidados y experimentar con nuevas tendencias, con resultados al menos cuestionables, dependiendo a quién le preguntes.
De ahí en adelante y mientras investigaba poco apoco los años que me había perdido, fui siguiendo su carrera con interés, y altas dosis de sorpresa, al comprobar que afrontaban la madurez con un sonido y una potencia envidiables. Como hemos disco tantas y tantas veces, a la segunda fila del Thrash Metal, no le quedó otro remedio que sacar pecho y enseñar los dientes en cada oportunidad si querían sobrevivir, ya vaya si lo hicieron.
En 2024, al fin mi camino se cruzó con el suyo y pude ver lo que son capaces de hacer en directo, a buenas horas, ya lo se. Después de comprobar como, literalmente, le prendían fuego a la campa del Z Live! esperaba su nuevo disco con muchísimas ganas. Parece mentira, han pasado treinta años y soy ahora más fan que nunca.
Pero ¿Por qué te cuento mi vida, si tú venías aquí a leer una reseña?, dirás. Pues porque por muy objetivo que quiera ser uno, cada vez tengo más claro que la experiencia personal y la relación previa con una banda es la que más lastra o empuja un disco. Así, ni este, ni ninguno puede ser el mismo para quienes estaban sudando en el pit de Pleasure to Kill en 1986 como para el chaval que por azar estaba trasteando esta página y le acaba de dar play a Seven Serpents.
Krushers of the World es un disco con riffs pesados, que aun mantiene algunos momentos de velocidad. Muy centrado en el estribillo cabezón, con una producción tan potente como cristalina, y algunos detalles muy brillantes, como la colaboración de Britta Görtz de Hiraes en Tränenpalast o las pinceladas orquestales que cierran el álbum.
Habrá quien considere que su fórmula no da más de sí, también quién se haya llevado un tortazo inesperado. Para mi es un disco bien resultón y disfrutable, gran comienzo para 2026 y digno representante de lo que toda esta generación está aportando en el último cuarto de siglo. Como dijo una vez un sabio en un festival, “No se porqué no ponen más Thrash, con lo que cunde”.
Mille Petrozza está al borde de los sesenta años, (tenía quince cuando fundó la banda), acaba de publicar sus memorias y el pasado año se estrenó un documental que recorre toda su andadura. Aunque no parecen dispuestos a poner punto y final, sí es buen momento de recoger lo sembrado y llevar a la gente en volandas con unas canciones directas y sinceras, que funcionan a la perfección sobre el escenario, y no deslucen salpicadas entre sus clásicos.
