Crónica de una Era Recuperada:
I. EL PRELUDIO DEL GUARDIÁN Y EL LINAJE DEL CLAN
Para quien escribe estas líneas, el mundo celta no es solo una temática musical, sino un campo de estudio que me acompañó durante mis años de Antropología en la universidad. Por eso, este viaje a La Riviera no era una simple cobertura de prensa; era una peregrinación hacia algo que siento profundamente mío. Desde esa mirada técnica y espiritual a la vez, pude entender que lo que Celtian estaba preparando no era un espectáculo, sino la reconstrucción de un Nemeton real en pleno siglo XXI para celebrar su fin de gira más ambicioso.
Antes de que el primer acorde de gaita rasgara el aire de Madrid, el viaje ya había sido bendecido por las entidades del bosque. Mientras las ruedas devoraban los kilómetros hacia el cierre del Secretos de Amor y Muerte Tour, la aparición de un Ciervo en los prados del camino actuó como el preludio místico de lo que estaba por venir. En la cosmogonía celta, el Ciervo no es un animal, es el mensajero de los lindes, el heraldo que nos advierte de que estamos abandonando la realidad cotidiana para entrar en territorio sagrado. Su presencia silenciosa fue la señal de que el velo se estaba volviendo fino y que el destino ya estaba escrito.
Celtian no nació por azar, sino por la necesidad de recuperar la memoria de la tierra. Surgido de la visión de Diego Palacio, quien, a través de la flauta, el whistle y la gaita ha sabido tejer un puente entre el metal moderno y la pureza del folklore. Diego, actuando como un bardo antiguo, entendió que la música es el vehículo para transmitir el Awen – ese soplo de inspiración divina que conecta los mundos.
Con el tiempo, el clan ha forjado su formación definitiva, una hermandad donde cada miembro es una pieza esencial del rito. La voz hechizante de Xana Lavey se convirtió en el alma del proyecto, secundada por la maestría de Txus Borao al violín y el buzuki, y la contundencia rítmica de David Landeroin a la batería. La fuerza de las cuerdas recae en Sergio Culebras a la guitarra y en el pulso profundo de Miguel Monge al bajo. Juntos, estos seis guardianes son los custodios de un legado que se niega a morir, convirtiéndose en el canal por el cual las antiguas leyendas vuelven a caminar entre nosotros.
Es a través de esta unión como cobra vida su último álbum conceptual, Secretos de Amor y Muerte. En este trabajo, la obra se adentra en la dualidad fundamental del alma celta: el equilibrio inquebrantable entre la luz de la vida y la sombra del destino. La existencia es un tejido de opuestos. En la mitología de los clanes, la luz representa el amor, la fertilidad de la tierra y el brillo de Belenos, pero esta no puede existir sin la oscuridad, que encarna el misterio, el tránsito inevitable y el maleficio que acecha en las sombras de la conciencia. Al igual que en las leyendas antiguas, donde la belleza de una ninfa puede esconder la sentencia de una meiga, este disco nos sumerge en un mundo donde lo sublime y lo terrible caminan de la mano. Es la música convertida en un espejo de la propia naturaleza, recordándonos que en el Nemeton de la existencia, no hay renacimiento posible sin haber atravesado antes las sombras.

II. EL UMBRAL DE TÍR NA NÓG: LA INVOCACIÓN DEL NEMETON
Hay noches en las que el tiempo se fractura y el asfalto de Madrid cede ante la voluntad de las raíces antiguas. El pasado sábado 9 de mayo, La Riviera no fue una sala de conciertos; fue un Nemeton, un claro sagrado invocado para una grabación que quedará grabada en la memoria de la sangre. Al cruzar el umbral, el espectador no entraba a un evento, sino que atravesaba un portal hacia el Tír na nÓg, ese otro mundo de la cosmogonía celta donde el tiempo se dilata y la música es el único lenguaje.
La puesta en escena era una declaración de intenciones: una inmersión absoluta en la naturaleza salvaje. El escenario aparecía decorado con musgo auténtico que exhalaba el aroma de la tierra húmeda y troncos que parecían haber brotado allí mismo, reclamando su territorio. En la derecha, un majestuoso Arco de Musgo y Flores se erigía como la frontera física entre el ruido del siglo XXI y el silencio de las leyendas. De una fuente mística emanaba una niebla perpetua, esa bruma que en los relatos antiguos separa a los hombres de las entidades que habitan el bosque profundo. Todo estaba bañado en un verde intenso, recordándonos que en este mundo de Celtian, la naturaleza no es un decorado, sino la entidad soberana que nos acoge.

III. EL DESPERTAR DEL IMBAS Y EL FUEGO DE BELENOS
Bajo el eco de la intro “La Lira Encantada”, las pantallas mostraron el instrumento sagrado de los bardos, aquel que según el mito de Dagda podía poner orden en las estaciones. Fue el anuncio del ritual. Uno a uno, los músicos cruzaron el Arco de Flores, no como intérpretes, sino como guardianes que entran en su santuario: primero el baterista David Landeroin, portando el trueno; seguido por el bajista Miguel Monge, cuyo pulso rítmico es el latido de la montaña; el guitarrista Sergio Culebras, el señor del fuego; y el violinista Txus Borao, que ya bajo el arco mostraba su dualidad, portando la promesa del viento en sus cuerdas y la buzuki que despertaría los ecos más antiguos de la tradición.
Finalmente, el corazón del grupo, Diego Palacio, y la voz hechizante de Xana Lavey, completaron la procesión. En la simbología de los antiguos rituales, esta unión representa el equilibrio absoluto: Diego, como el bardo que custodia el aliento del bosque a través de su flauta, su whistle y su gaita, y Xana, como la encarnación de la soberanía de la tierra, cuya voz es el hilo de seda que une a la tribu con lo divino.
Al cruzar ese arco sagrado, la banda dejó de pertenecer al mundo de los hombres para adentrarse en un espacio de iniciación donde el bardo debe caminar por senderos olvidados para recuperar la voz de los antepasados.
El hechizo se desató con la potencia de “La Profecía”. Para los antiguos clanes, la profecía era la palabra de los druidas, poseedores del Imbas, esa visión sagrada que conectaba el presente con el tejido eterno del destino. Al sonar los primeros acordes, con el latido telúrico de la batería de David Landeroin y el pulso firme del bajo de Miguel Monge, fue como si el bardo invocara el Awen, ese soplo de inspiración que borra el tiempo y nos recuerda que todo lo que vivimos ya estaba escrito en las raíces del mundo. Con esta canción, Celtian anunció que el ritual había comenzado y que el velo entre lo que fue y lo que será se había vuelto transparente.
Siguiendo el rastro de esa visión, emergió “Sueños de Cristal”. En el misticismo de los pueblos del bosque, el cristal representa la pureza de la visión espiritual, pero también su fragilidad frente a la frialdad del hierro moderno. Bajo la guía del violín de Txus Borao, esta melodía actuó como un escudo rúnico, recordándonos que la magia es un tesoro que debe ser protegido en el Nemeton de nuestra alma para que el mundo material no la marchite.
La inmersión se hizo total con “El Solsticio de Dríade”. Aquí, el escenario decorado de musgo y troncos dejó de ser materia muerta. Los Espíritus del Roble, esas entidades ancestrales que habitan y protegen el corazón del bosque sagrado, parecieron despertar con la flauta de Diego. En la tradición de nuestros clanes, el solsticio es el momento en que el poder de la tierra alcanza su cénit; anoche, ese rito ocurrió dentro de La Riviera, transformando el humo de la fuente en la respiración de los propios genios de la naturaleza.
Para cerrar este primer ciclo de apertura, Xana invocó el espíritu del clan con “Hasta el Final”. En las leyes de la tribu, un juramento “hasta el final” es un vínculo de sangre. Al pedirnos que sacáramos nuestro cantante interior, no solo pedía voces, sino que estaba realizando un pacto de lealtad entre la banda y nosotros, los peregrinos que habíamos llegado de todos los rincones para habitar este mundo de leyenda por una noche.
En la antigua ley del clan, la hospitalidad no era una cortesía, sino un deber sagrado ante los dioses. Bajo el arco místico, el ritual se abrió para recibir a dos caballeros de la estirpe del rock: Jorge Salán y Fernando Mainer. Su entrada para interpretar “Renacer”, impulsada por la potencia de la guitarra de Sergio Culebras, no fue una colaboración cualquiera; fue una invocación al fuego de Belenos, el dios solar que purifica y devuelve la vida. El solo de Jorge, nacido de ese arco de musgo, fue como el rayo que golpea el roble sagrado: una explosión de luz que nos recordó que, tras el invierno, siempre hay un solsticio esperando para hacernos florecer de nuevo.
Tras recorrer las “Sendas de Leyenda”, donde cada nota de la gaita de Diego marcaba el paso del caminante infatigable, el portal nos escupió hacia una “Nueva Era”. En la mitología celta, los ciclos no son lineales, sino espirales de crecimiento. Bajo la firme base rítmica de Miguel Monge y David Landeroin, el escenario dejó de ser una sala para convertirse en el epicentro de un renacimiento espiritual.

IV. EL ÁRBOL DE LA VIDA Y LA CRUDA VERDAD DEL RITUAL
Mientras las bailarinas de Irish Treble ejecutaban en “Molly Bawn” una danza de los Sidhe (los seres del otro mundo), acompañadas por las melodías festivas de Txus Borao, en las pantallas el Árbol de la Vida (el Crann Bethadh) comenzó a brotar sus hojas en tiempo real. Para los celtas, el árbol conecta el cielo con la tierra, y anoche, cada hoja que nacía en la pantalla era alimentada por la energía de una multitud que había olvidado las cadenas del mundo exterior. Diego Palacio, el druida que custodiaba el portal, nos entregó entonces la cruda verdad de la noche: “Vosotros estáis aquí habitando esta magia, formando parte del latido de la tribu y del espíritu de este bosque sagrado, frente a los que solo podrán contemplar un eco digital desde la frialdad de sus máquinas de cristal”.

V. LA SOMBRA DE LA MEIGA Y LA ARQUITECTURA DE LUZ
Pero la luz celta no existe sin su sombra. Tras la belleza del árbol, llegó la invocación a las entidades más indomables. Xana Lavey se transformó en la Meiga Suprema para presentarnos a la Catarina enfurecida. En “Maleficio de Sangre”, apoyado en los riffs oscuros y potentes de Sergio Culebras, el folklore mostró su cara más peligrosa y antigua. No era solo una canción; era el recordatorio de que la naturaleza también es venganza y misterio. El público, entregadísimo a este trance de magia negra, se dejó poseer por una melodía que parecía surgir de las cuevas más profundas de los montes, donde las leyendas de sangre aún permanecen dormidas.
Tras el trance oscuro de la meiga, el ritual buscó la purificación a través de la voz. Xana, en un acto de valentía sagrada, inició “Tu Hechizo” a capela. En la tradición celta, el canto sin instrumentos es la forma más pura de conectar con el espíritu; la sala entera se convirtió en una sola garganta, un coro de miles de almas que aceptaban ser poseídas por la magia de Celtian.
El momento en que el tiempo y el espacio parecieron detenerse fue cuando el Nemeton se iluminó para “Siempre seré tu Estrella”. A la izquierda del imponente Arco de Musgo, que se alzaba majestuoso a mi derecha, el teclado de Francesco Antonelli fue el encargado de construir una arquitectura sonora que parecía brotar de la propia bruma del escenario. Bajo una iluminación cenital blanca que aislaba su figura en ese rincón místico, Francesco ejerció de bardo de las esferas, invocando una atmósfera galáctica que expandió los límites de La Riviera. Mientras la flauta de Diego Palacio mantenía el pulso melódico, el teclado sostenía el universo sonoro, conectando la madera del arco con la profundidad del cosmos.
Diego Palacio pidió entonces un sacrificio de luz: miles de linternas de móviles se encendieron al unísono, transformando la oscuridad de la sala en un campo de estrellas que latían al ritmo de la instrumentación. Como bien sentenció Diego, nosotros lo estábamos viviendo de verdad, y en ese instante, el “eco digital” se convirtió en un mar de fuego real. En las pantallas, la Luna y las constelaciones se encendieron, confirmando una boda mística entre el bosque y el firmamento. Para los clanes celtas, las estrellas representan la guía de los ancestros desde Tír na nÓg; anoche, bajo esa atmósfera, esas luces recordaron a la tribu que, incluso en la oscuridad más profunda, la música ofrece una luz de esperanza.

VI. EL PUENTE DE PLATA Y LA MEMORIA DE LAS TRINCHERAS
Al terminar, el ambiente cambió. La atmósfera estelar dio paso a la “Magia de Luna”. En este punto, el eco del teclado pareció reposar en la penumbra del arco para dejar que el peso de la noche cayera sobre el whistle de Diego Palacio y la voz de Xana Lavey. Diego, con su melodía, invocó esa luz plateada que, según sus textos, tiene el poder de sanar las heridas y revelar los secretos que el sol oculta.
Fue el momento en que la sala dejó de mirar al cielo para mirarse a sí misma. La Luna se reflejó en el musgo y en la fuente, envolviéndonos en un trance donde la magia ya no era algo lejano, sino una piel que nos cubría a todos. En este rincón del mundo, bajo el arco de flores, comprendimos que la estrella y la luna son las dos manos de una misma deidad que anoche decidió bajar a La Riviera para recordarnos que, en el amor y en la magia, nunca estamos solos.
Tras la comunión estelar, el portal volvió a vibrar para recibir la soberanía de la naturaleza. Xana invocó a Rosalía Sairem y Kike Sanz para dar vida a “La Musa del Bosque”, mientras las guitarras de Sergio Culebras y Kike sostenían el pulso de la tierra. Mientras en las pantallas las mariposas de la “Tierra de Hadas” alzaban el vuelo, las voces de las dos ninfas se entrelazaron en un duelo de poder que recordaba a las antiguas diosas soberanas que protegían los manantiales y los valles. Fue un estallido de fertilidad musical, una prueba de que el folklore celta sigue pariendo himnos de libertad.
Pero la leyenda también sabe de dolor y de tierra seca. El tiempo se detuvo cuando el año 2026 se hizo presente para conmemorar el aniversario de una melodía que pertenece al pueblo: “Madre anoche en las trincheras”. Xana, armada con su guitarra electroacústica, se despojó de la parafernalia de “estrella” para convertirse en la cronista de la humanidad, apoyada únicamente por la atmósfera que creaba la guitarra eléctrica de Sergio Culebras.
En la tradición celta, este tipo de cantos desnudos evocan el llanto de las madres en la orilla del mar. La base rítmica de Xana y el contrapunto eléctrico de Sergio tejían una red de melancolía que envolvía las imágenes de tanques y trincheras en la pantalla. Era el choque brutal entre la belleza del Nemeton y la fealdad de la guerra. Fue un momento de respeto sagrado, donde la música actuó como el Awen (el soplo sagrado) que nos guiaba de vuelta. Esas notas desnudas eran como el nudo perenne que une a los vivos con los antepasados, sacándonos del horror de la historia para devolvernos a la paz del espíritu.

VII. EL RESCATE DE NIAMH Y EL CAMINO A MAG MELL
Sin tiempo para que las lágrimas se secaran tras el lamento de las cuerdas, la potencia regresó con “Niamh”. Esta no es solo una canción; es la invocación a Niamh de los Cabellos de Oro, la reina que cabalgaba sobre las olas para llevar a los héroes hacia Tir na nÓg.
En la historia que Celtian nos está contando, “Niamh” es la medicina después de la guerra. Es el recordatorio de que por encima de las trincheras y el hierro, existe una juventud eterna del alma que nadie puede destruir. Con el whistle de Diego abriendo el paso y la voz de Xana volando de nuevo, el Nemeton se sacudió la tristeza de la historia humana para recuperar su gloria divina. Y tras ella, el portal recibió a Izra Ramos para interpretar “Al otro lado del Camino”. Para los antiguos celtas, la muerte no era un final, sino un “camino” hacia la llanura eterna de Mag Mell. Xana e Izra unieron sus voces en un diálogo que parecía ocurrir en el umbral de los dos mundos. Fue la canción del reencuentro de las almas, la que confirma la creencia de los antiguos clanes en la inmortalidad del vínculo. En la cosmovisión celta, aquellos que están destinados a caminar juntos volverán a encontrarse siempre, sin importar cuántas vidas o senderos deban recorrer. Bajo el Arco de Musgo, este tema se convirtió en un himno a la esperanza de que ninguna despedida es definitiva mientras el Awen permanezca vivo. Fue el recordatorio de que, una vez que el portal se abre, las almas quedan marcadas por una luz que las buscará de nuevo en cualquier rincón del tiempo.
En la cosmogonía celta, el equilibrio del universo depende de la lucha constante entre las fuerzas de la naturaleza. Para representar esta batalla eterna, el escenario se transformó en un campo de fuerza rítmico. Se trajeron dos toms de piso al frente para escoltar la batería de David Landeroin, y el aire de La Riviera se volvió denso, casi eléctrico. Fue el turno de “The Morning Star”. Lo que presenciamos no fue solo música, fue un duelo elemental: por un lado, el estruendo telúrico de los tambores de David, que golpeaban como el corazón mismo del buey bajo la tierra; por otro, Diego Palacio alzando su whistle como un estandarte de libertad. Diego no dejó su instrumento para unirse al ruido; al contrario, su whistle se convirtió en un vendaval frenético que sobrevolaba el trueno de la percusión. Era el aire tratando de dominar a la tierra, una melodía veloz y afilada que nos recordaba que, aunque la materia sea fuerte, el espíritu – el aliento del bardo – es el que siempre termina guiando el camino.
Tras la tormenta rítmica, el portal se abrió de nuevo para la alegría. La violinista Sara Ember cruzó el umbral para unirse a las bailarinas de Irish Treble en “The Hills of Clogher”. En la mitología celta, estas colinas son la entrada al reino de los Sidhe (las hadas), y anoche, el violín de Sara y el taconeo de las bailarinas convirtieron el escenario en una taberna mística donde el tiempo ya no existía.

VIII. EL VUELO DEL CISNE Y EL CURRACH DE LA FRATERNIDAD
Tras la danza, la atmósfera se volvió etérea para recibir a “Eala”. En la tradición de los clanes, el cisne es el protector de los amantes y el viajero entre mundos. Con el whistle de Diego Palacio trazando melodías que parecían flotar sobre la fuente de humo, esta pieza actuó como una purificación necesaria, elevando nuestras almas antes de que el fuego volviera a reclamar su lugar.
La energía de la “hermandad de mujeres sabias” continuó con Marina Sweet en “Mirada de Fuego”. En ese instante, la sala entera ardió con la fuerza de Brigid, la diosa del fuego y la forja, bajo los riffs incendiarios de Sergio Culebras. Fue una explosión de pasión insaciable, la misma que hace que el mundo se detenga cuando dos almas se reconocen. Seguido de la pícara “Oh, Catarina” y la contundencia de “Caricia Mordaz” donde Carlos Z y de nuevo Sara Ember trajeron el filo del acero al Nemeton, comprendimos que el folklore celta no solo es contemplación, sino también una garra que te atrapa y no te suelta.
Antes de continuar, el escenario se llenó de gratitud. La banda se detuvo para dar las gracias a todo el equipo de grabación, a los profesionales que han trabajado con ellos y a cada persona que hizo posible que esa noche de magia quedara capturada. Fue el preámbulo para “El hijo de ayer”, una pieza que en la cosmovisión celta nos habla de la memoria que se hereda y de los lazos que no se rompen. Al terminar la canción, el guitarrista recordó que el bajista Miguel Monge cumplía justo ese día un año de unión con esta hermandad, recibiendo el calor de toda la sala como el nuevo eslabón de una cadena inquebrantable.
Tras los agradecimientos a los clanes llegados de tierras tan lejanas como México y Chile, Diego Palacio nos recordó que el espíritu celta es un océano sin fronteras
Pero la imagen que definirá este DVD para la historia ocurrió durante “Serena”. En un acto de fraternidad absoluta, los jóvenes que poblaban las primeras filas se sentaron en el suelo para “remar”. No era un juego; era la representación del Currach, la embarcación de cuero con la que nuestros antepasados cruzaban las aguas bravas. Una decena de personas remando juntas, al compás de la batería de David Landeroin, demostrando que en el barco de Celtian nadie viaja solo. Estábamos navegando juntos hacia el último horizonte de Tír na nÓg.

IX. EPÍLOGO: LA REUNIÓN DE CLANES EN LA TIERRA DE HADAS
El viaje que comenzó con el preludio de un Ciervo solitario en el camino y el cruce silencioso de un Arco de Musgo, llegó a su clímax bajo el cielo de Madrid. Para el gran final, la banda invocó el himno que da sentido a toda su cosmogonía: “En tierra de hadas”.
No fue una despedida, sino una reunión de clanes. Uno a uno, los guardianes del sonido regresaron al escenario: la fuerza de Jorge Salán y el pulso de Fernando Mainer, la soberanía vocal de Rosalía Sairem, el fuego de Kike Sanz, la energía de Marina Sweet, Izra Ramos aportando su luz del otro lado del camino, Carlos Z con su garra, la violinista Sara Ember, las bailarinas de Irish Treble y Francesco Antonelli, quien desde su rincón junto al arco había tejido la arquitectura de luz de la noche.
En ese instante, la sala entera comprendió que el portal de Tir na nÓg no se cerraba para siempre; simplemente se trasladaba al interior de cada alma que allí estuvo. Al mirar al escenario, podías sentir el aliento de las entidades celtas bendiciendo a la tribu. Diego, Xana, Txus, David, Sergio y Miguel como los auténticos guardianes de este legado, nos devolvieron a la realidad, pero ya no éramos los mismos.
La grabación del DVD terminó, pero la obra maestra de Celtian quedó flotando en el aire junto al humo de la fuente mística. Habíamos respirado el olor de los árboles antiguos, habíamos visto el viento en el whistle de Diego y habíamos sentido el latido del buzuki de Txus. Salimos de La Riviera con la certeza de que, aunque el mundo exterior intente imponernos sus cadenas, siempre existirá un arco de flores esperando para transportarnos de nuevo a nuestro origen sagrado.
La leyenda se ha escrito con fuego, musgo y una mirada insaciable. Y mientras el folklore siga vivo en nuestras gargantas, el portal nunca dejará de brillar.
Por: Elena Kardash
Fotógrafo: Cejo Conejo / Alacor Producciones
Instagram: @alacorproducciones




