El pasado 18 de abril, Madrid no fue una ciudad, fue un horno. Parecía que los mismos demonios caldeaban sus calderas para prepararnos para una noche de infierno. Era el concierto de fin de gira, y la expectación se sentía en el aire como los minutos previos al Chupinazo en la Plaza del Ayuntamiento; no era una fecha más, era el cierre de una etapa monumental, comparable a un encierro de Miuras desbocados por la calle Estafeta.
Sobre las tablas de La Riviera no había simplemente músicos, había cuatro guerreros de Iruña curtidos en mil batallas que esa noche decidieron meter más caña que nunca. Brigi Duque, con la fuerza de un buey y la rabia de un corredor, rugía al frente de la legión; Rafa Redín y Natxo Zabala manejaban el bajo y la guitarra como si empuñaran las cadenas del escudo de Navarra, mientras Juan Carlos Aizpún aporreaba los parches con la potencia de los tambores de una fiesta patronal eterna.

En la pista, el ambiente era de puro San Fermín metálico: la peña, ya cargada con unos cuantos litros de cerveza, lucía sus camisetas negras como si fueran el pañuelico rojo. A las 20:45, el Intro de la Marcha Radetsky dio paso a “Dinamítalos”, seguida sin descanso por el veneno de “El catador de vinagre” y la crítica de “Protestantes”. La descarga fue un vendaval: “El Viaje”, “La Máquina del tiempo” y “Tío Sam” sonaron con una contundencia que hacía parecer suaves sus anteriores visitas.
La locura absoluta llegó con “Vaya carrera que llevas chaval”: la pista se convirtió en un pantano donde los vasos de cerveza volaban como proyectiles, empapando a unos chavales que se lanzaban al pogo como si estuvieran ante las astas del toro, chocando sobre un suelo resbaladizo en un caos total. Con “Sé donde vives”, “El Pato” y “A ostia limpia”, la banda demostró que no venía a dejar prisioneros.

Hubo un momento de tensión contenida con “Palabras mágicas”, donde la sala concentró su energía en un solo pulmón, una recarga de fuerzas antes del asalto final: “Por los siglos de los siglos”, “Me vacío”, “El muro de Berlín”, “El pobre” y la gamberrada de “Imagínatelos cagando”.
El despliegue de músculo culminó con “La almohada cervical”, “El Marqués de Txorrapelada” y un “El Sonajero” vitaminado con una sección de viento. Tras un breve silencio, la banda rompió los esquemas: reaparecieron bajo los focos luciendo chaquetas de traje, una elegancia irónica y desafiante para encarar el asedio definitivo: “Sakeo”, “Aquí huele como que han fumao”, “Jack Queen Jack” y “Bienvenidos a Degüelto”.


El cierre oficial con “El Jefe” fue solo el preludio de una maniobra maestra. Los cuatro componentes de Koma abandonaron el escenario tocando sus cajas de batería, el sonido se desvaneció un segundo… y en un parpadeo, aparecieron por la puerta irrumpiendo en mitad de la pista.
Rodeados por sus fieles, que aún chorreaban cerveza, montaron una charanga de Iruña de fin de mundo. Con los vientos escoltándoles y los cuatro Koma aporreando las cajas cuerpo a cuerpo con la peña, aquello ya no era un concierto, era la calle Jarauta en plenas fiestas. Finalmente, regresaron al escenario para el último adiós, exhaustos pero victoriosos, tras haber firmado el cierre más monumental y navarro de su historia.

Al salir de la sala, con el eco de las cajas de batería aún resonando en los oídos y la ropa empapada, la sensación era de una euforia compartida. No fue solo un adiós a los escenarios por esta temporada; fue la confirmación de que Koma está en su mejor momento, con una fuerza renovada que nos asegura que el infierno todavía tiene muchas llamas que quemar. Nos vamos a casa con el corazón a mil, sabiendo que esto no es el final, sino la gasolina necesaria para esperar con ganas la próxima embestida. ¡Larga vida a los guerreros de Iruña!
Elena Kardash
